«GLOW», el oficio de luchar

Un actor en paro y desesperado puede convertirse en un unicornio si es preciso. Dustin Hoffman se transformaba en mujer para encontrar el papel de su vida en «Tootsie», y Alison Brie ingresa en un equipo de lucha libre femenina. Ocurre en «GLOW», la serie del verano. Estamos a primeros de julio, pero el veredicto ya no tiene vuelta atrás. Si hace un tiempo hubiéramos sabido que nos engancharíamos a semejante disparate quizá no habríamos permitido que Netflix entrara en nuestras casas.

«Stranger things» apelaba al niño que llevamos dentro, a Spielberg, los «goonies», «Cuenta conmigo» y un largo etcétera de referencias que reconoceríamos, aunque nos arrancaran los ojos, con las yemas de los dedos. El luchador abría en canal las carnes y el alma deconstruidos de Mickey Rourke para mostrar unas cicatrices inimaginables, sobre todo para los padres, más conscientes de la farsa que esconde el «wrestling», un «deporte» cantado en España por gente como Héctor del Mar, el viejo hombre del gol. «GLOW» vuelve a llamar a la puerta de nuestra infancia con los nudillos de un adulto. Es un éxito seguro, «porno legal, para toda la familia», como define ese perdedor tan fantástico que compone Marc Maron, casi el único hombre de la serie.

Píldoras de media hora
Es cierto que el «ring» de «GLOW» no tiene la profundidad del que vimos en «El luchador», pero a cambio estamos ante un entretenimiento accesible y divertido, tierno y adictivo. Sus píldoras de media hora son difíciles de rechazar por muy entrada que esté la noche. Como su protagonista, la serie enamora hasta por sus defectos, que se le salen por las costuras. Y da igual que sus habitantes parezcan de otro planeta (la mujer loba, las abuelas camorristas, el Ku Klux Klan contra las panteras negras…) porque pocas veces ha sido tan fácil identificarse con los rasgos menos favorecedores de tantos personajes a la vez. No ocurría algo así -el dato está pendiente de confirmación- desde «Friends».

La parodia es una tapadera
para que no veamos llegar el momento en que nos toca el corazón o dice algo inteligente.

El punto de vista también es más astuto que sus apariencias, camuflado bajo el disfraz «kitsch» de licra, quizá para hacerse perdonar su condescendencia moral.
La parodia es una tapadera
para que no veamos llegar el momento en que nos toca el corazón o dice algo inteligente. El retrato tiene el acierto añadido de no ser mordaz. Hay amor verdadero a unos seres desvalidos y las guionistas ni siquiera se permiten la mofa hacia el inverosímil oficio de libreluchador.

El personaje central lo llena de vida Alison Brie, la peor (y mejor) villana de la Historia, una de las grandes antiheroínas que ha pisado un escenario. La actriz había logrado despuntar sin tantos diálogos en «Mad Men» y «Community». Aquí reina de principio a fin con un papel glorioso, rebosante de matices. Hay que mirarla dos veces, porque sabe ser convencional y espectacular en el mismo instante, como resalta de nuevo el lúcido Maron (o su personaje, Sam Sylvia, un director de serie B con retazos de varios ilustres incomprendidos del cine).

En un hallazgo fabuloso de la trama, la chica es la única del grupo incapaz de encontrar su propio camino, lo que la acerca aún más a todos nosotros, simples mortales. Cuando por fin lo descubre y se desata, cuando libera toda su desesperación, la historia sube dos peldaños de un salto. Se atreve a cantar a Barbra Streisand rodeada de rusos y llega a evocar -con perdón por la herejía- a las «hermanas» Hepburn, tan alocada como Katharine en «La fiera de mi niña», pero sin un Cary Grant al que perseguir. A Audrey incluso la imita de forma explícita. Sus diálogos con acento ruso son lo mejor de su carrera.

En reserva
Hay otros grandes personajes, pero por descuido o falta de tiempo no desarrollan su potencial. Lo bueno de tenerlos tan poco exprimidos es que l
es queda jugo de sobra para la segunda temporada. Saldrá sola, sin los fórceps de guion que habrá requerido -ojalá no se note- la continuación de «Stranger things».

«GLOW» es fácil de querer y disfrutar si el espectador es capaz de quitarse los prejuicios el tiempo justo para sentarse a verla. Es un drama terrorífico y una comedia desopilante. Y no es correcto apuntar esto, pero gustará a ambos sexos (o los espantará sin distingos). Un dato recurrente explica este hecho inusual. Sus creadoras son Liz Flahive y Carly Mensch. Entre sus productoras destacan Tara Herrman y Jenji Kohan, y la inmensa mayoría de las personas que han escrito y dirigido los capítulos son también mujeres, al igual que casi todo el reparto. Pese a su abrumador dominio, ellas saben contar historias menos excluyentes.

El título, por cierto, es un juego de palabras entre el significado de «brillo» y las siglas con las que en los ochenta se conoció la serie original: «Gorgeous Ladies Of Wrestling». Lo peor serán sus secuelas, en el más amplio sentido del término. Después de este pelotazo se nos van a llenar las pantallas de nostalgia. No hay sustancia peor.

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«El poder», heroínas de armas tomar

Fue mucho antes de la supuestamente inesperada unción de Donald Trump como «Big Uncle» modelo 1984 (y su condena de Hillary Clinton como «nasty woman»), de la marea rosa y crochet de los «pussy hats» feministas sobre Washington D. C., y de la resurrección de «El cuento de la criada» como texto-insignia contra el machismo y serie de televisión. Ya había señales más que evidentes de que algo flotaba en el aire. Signos de los tiempos y ya no androides soñando con ovejas eléctricas, sino con la lana de esas ovejas para tejer sombreritos de protesta. Llamémoslo «Pussy Sci-Fi Power» y ahí -inscribiéndose para dejar su voto y pisar con su bota- varias de las más interesantes e intensas jóvenes escritoras en inglés proponiendo distopías y post-apocalipsis con heroínas de armas tomar. Algunas de ellas, tras la rabiosa estela de las pioneras
Ursula K. Le Guin, Alice Sheldon alias James Tiptree, Jr., y Joanna Russ: Clare Vaye Watkins y «Gold Flame Citrus»; Mary Miller y «The Last Days of California»; Edan Lepucki y «California»; Emily St. John Mandel y Station Eleven; Lidia Yuknatovich y «The Book of Joan»; Sandra Newman y «The Country of Ice Cream Star»; Laura van den Berg y «Find Me», y seguro que olvido a alguna. Y, claro, imposible dejar de lado a las paladinas competitivas y ganadoras para jóvenes, y no tanto, en las sagas de «Los juegos del hambre» y «Divergente» y, antes, las Ellen Ripley, Sarah Connor, Jill Valentine y Kara «Starbuck» Trace en «Alien», «Terminator», «Resident Evil» y «Battlestar Galactica». En casi todos, paisajes devastados pero tan atractivos de recorrer a bordo de unas siempre aerodinámicas «road-novels-movies» superando carencias de combustible y comestibles a fuerza de plomo y láser.

Dando guerra
Y, de acuerdo, no dejemos desamparados a los chicos, que también se pasaron al paseo entre ruinas y dictadores con formas, del calibre de David Foster Wallace, Cormac McCarthy, Rick Moody, David Mitchell, Jim Crace, Dave Eggers, T. C. Boyle y -en nuestra lengua- Pedro Mairal,
Andrés Ibáñez
, Marcelo Cohen, Edmundo Paz Soldán, Guillermo Saccomanno y Ray Loriga. Pero lo cierto es que en los últimos tiempos las chicas se imponen; y sólo quieren divertirse sin tregua dando guerra.

A esta brigada de apocalípticas ahora para dentro de unos años -y con la bendición de la mismísima Margaret Atwood, quien, con los años, reincidió en el género- se une ahora Naomi Alderman con su muy elogiada y premiada «El poder». Y si bien su currículum ya era digno de atención (novelas de época, bíblicas, con un Jesús como mediocre predicador; de chica judía y lesbiana hija de rabino; de estudiante abducido por sus compañeros, y hasta el diseño de videojuegos con zombis y la escritura de un libro con esa institución británica de la fantaciencia que es el psicotrónico y polimórfico y cambiante Dr. Who como protagonista), lo cierto es que nada parecía anunciar algo como lo que aquí se activa y que fue el producto surgido de la escritura frustrada de otros proyectos.

De pronto, en un futuro cercano, todos los hombres le tienen miedo a las súbitamente «empoderadas» mujeres

La premisa de Naomi Alderman (Londres, 1974) -incluida en esa periódica lista de la revista «Granta» de los «mejores jóvenes» en 2013- es tan sencilla como «graciosa». De pronto, en un futuro cercano, todos los hombres le tienen miedo a las súbitamente «empoderadas» mujeres. ¿Por qué? Porque -cuando alcanzan estas su despertar sexual, cortesía de una súbita mutación genética y global- todas comienzan a lanzar rayos y centellas desde la punta de sus dedos. Y electrocutan a quien se le ponga a tiro: padres déspotas, maridos maltratadores y violadores y proxenetas y, de paso, ese tipo que no te cae muy bien. Sálvese quien pueda.

Buena parte del atractivo de los primeros tramos del libro -que recuerdan un tanto a esas catarsis ultraviolentas y urbanas que supo convertir en su especialidad el nunca del todo bien ponderado J. G. Ballard- es la descripción y el recuento de estallidos/«vendetta» a lo largo y ancho del mundo con las mujeres y sus relampagueantes puños en alza y en alto.

Alderman cuenta su historia a través de cuatro miradas alternativas: Allie (huérfana y abusada que se reinventa como líder espiritual y separatista de nombre Eve), Roxy (la hija de un gángster londinense), Margot (política norteamericana a la que podría decírsele «Hey, me recuerdas mucho a aquella candidata demócrata a la presidencia que se quedó con las ganas de romper el techo de cristal») y, en último pero decisivo lugar, Tunde (periodista nigeriano quien de pronto comprende lo que es ser un chico atractivo en un mundo de hembras feroces). Tunde -digámoslo y advirtámoslo- puede intuir lo que le espera, pero jamás se pensó como acosado representante del sexo más debilitado que débil.

Dedicado a Margaret
Orquestada como «thriller» adictivo narrado desde un futuro a 5.000 años de distancia (novela dentro de novela enmarcada por una serie de cartas entre autor y lectora de nombre Naomi Alderman en un guiño formal evidente a «El último hombre», de Mary «Frankenstein» Shelley) e intentando clarificar por qué pasó lo que pasó, «El poder» ya ha sido vendida para la televisión. Y está bien que así sea.

Mientras tanto y hasta entonces -mientras se espera en el otoño la publicación de «Sleeping Beauties», de Stephen King junto a su hijo Owen, narrando la distópica historia de mujeres que caen dormidas y se envuelven en una suerte de capullo y finalmente desaparecen, y mejor no despertarlas e interrumpir semejante proceso porque abren los ojos con ganas de tomar revancha- la novela de Alderman se lee primero con sorpresa y luego, lo más interesante de todo, con interés añadido cuando se comprende que el poder no pasa por el género sexual sino por quién lo tiene y para qué lo usa. O no. Y, claro, si se sucumbirá a la repetición de errores y taras más allá del cambio de «polaridad».

Detalle final: la «Margaret» a la que está dedicada «El poder» fue mentora y protectora de Alderman en un programa para narradoras promisorias y su apellido es, sí, Atwood.

Nasty Women Unite.

«El poder». Naomi Alderman
Narrativa. Trad.: Ana Guelbenzu. Roca, 2017. 288 páginas. 17,90 euros. E-book:. 8,54 euros

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«Sakura», las culturas del Sol Naciente

Que la cultura japonesa ha calado de un modo especialmente intenso en el mundo occidental es un hecho incontestable. Todo comenzó con la expedición a Japón del comodoro estadounidense Matthew C. Perry a mediados del siglo XIX, un acontecimiento que resultó definitivo para la ruptura del aislamiento en que se encontraba el país y el inicio de su comercio con el resto del planeta. Desde entonces, la estética nipona ha influido muchísimo fuera de las fronteras del Imperio del Sol Naciente, notablemente en las artes europeas de finales del siglo XIX, que comenzaron a acusar una influencia que no ha hecho más que crecer con el paso de los años.

En las dos primeras décadas del siglo XXI lo japonés está presente en todos los ámbitos de nuestra cultura: todo el mundillo lírico español se ejercita en el haiku; todo el mundo devora «sushi»; el manga y el «anime» forman parte de nuestra vida cotidiana, y aún más de la de nuestros hijos y nietos. El manga, por ejemplo, ha conseguido lo que no habían conseguido antes las «daily strips» norteamericanas ni la «bande dessinée» franco-belga: atraer a las niñas y jovencitas de manera masiva al universo del tebeo, confinado con anterioridad al gueto masculino. En el terreno de la gastronomía, no hay ciudad española en la que no se pueda uno iniciar en los secretos de la cocina japonesa, y eso ha ocurrido en los últimos tiempos.

La flor del cerezo
Para dar fe de esta invasión pacífica de la cultura nipona, un gran conocedor del tema, Carlos Rubio (Cazalegas, Toledo, 1951), autor de innumerables traducciones y estudios al respecto, ha reunido a otros tres especialistas -James Flath, Ana Orenga y Hiroto Ueda- para llevar a cabo el «opus magnum» de un diccionario de cultura japonesa que lleva por título «Sakura», una palabra muy representativa y característica de lo japonés que designa la flor del cerezo. En más de tres mil definiciones los autores de «Sakura» nos muestran lo poco que sabemos de antemano de la cultura japonesa y, sobre todo, lo mucho que ignoramos de ella, utilizando de forma muy pedagógica el color rojo para las distintas entradas léxicas y el negro para el resto del comentario sobre cada voz, que incluye sus equivalencias en silabario «hiragana» y en sinogramas «kanji», la adscripción al género masculino o femenino de cada japonesismo, una definición del mismo en castellano y en inglés, numerosas fotografías e incluso alguna frase didáctica de uso. El sistema de alfabetización adoptado es el Hepburn, creado a fines del siglo XIX por el lingüista americano James Hepburn, que es el que utiliza el Ministerio de Asuntos Exteriores de Japón en sus publicaciones y que, además, se basa en una transcripción fonética fácilmente asimilable por los hispanohablantes, target fundamental del diccionario. El diálogo fecundo entre culturas que entraña un libro como este viene refrendado por sendos textos preliminares del embajador de Japón en España, Masashi Mizukami, y del embajador de nuestro país en Tokio, Gonzalo de Benito.

Nadie en nuestros días que se precie de culto puede ignorar el nombre -por ejemplo- de la señora Murasaki y su «Historia de Genji»

Los ámbitos léxicos de los artículos figuran abreviados al comienzo de los mismos. Así, (ar) por Arte, (ar mar) por Artes marciales, (arm) por Armas, hasta llegar a (tr) por Transportes, (vi) por Vivienda y (zo) por Zoología, si citamos tan solo los tres primeros ámbitos y los tres últimos por orden alfabético. Todo ello supone un esfuerzo lexicográfico muy notable que ha encontrado en la editorial asturiana Satori -que ha tomado su nombre del término japonés para «iluminación» o «despertar» (en la tradición zen) y que publica con exclusividad libros sobre temática nipona- su destino ideal. Si existen editoriales centradas solamente en esa temática, eso quiere decir que la cultura japonesa está viva en nuestro país y en el resto del mundo occidental, y que se da un consumo importante de todo lo que atañe a Japón en nuestro comercio, y que nadie en nuestros días que se precie de culto puede ignorar el nombre -por ejemplo- de la señora Murasaki y su «Historia de Genji» (comienzos de nuestro siglo XI), o del anónimo «Heike monogatari» (finales del XII). Y que es evidente que no podríamos vivir, ni pensar, ni sentir, por decirlo en pocas palabras, sin la decisiva aportación de Japón a la cultura universal.

Niponología
El recorrido por las páginas de Sakura supone una experiencia de inmersión en la niponología que no hubiésemos previsto ni en nuestros sueños más optimistas hace solo unas décadas. Salvo ciertos jesuitas que, siguiendo las huellas de San Francisco Javier, nos daban a conocer en publicaciones inencontrables alguna joya aislada de la literatura japonesa traducida del original, nadie en España hasta hace bien poco traducía directamente del japonés. Hemos tenido que esperar hasta el siglo XXI para que se vertiera -y no del japonés sino del inglés- la celebérrima «Historia de Genji» (esa «Recherche» de Proust nueve siglos antes de Proust) en dos versiones diferentes (Atalanta y Destino).

Aún no tenemos aprobada la asignatura del conocimiento directo de las literaturas del Extremo Oriente a través de sus lenguas originales. Pero es cierto que estamos haciendo méritos para aprobarla, pues se enseña cada vez más el chino, el coreano y el japonés en diferentes escuelas y academias esparcidas por toda España. Y, lo que es más importante, existen en nuestro país estudiosos como Carlos Rubio, autor de libros tan relevantes en este campo como «El Japón de Murakami» (Aguilar), «Claves y textos de la literatura japonesa» (Cátedra) o «Los mitos de Japón» (Alianza). Y, ahora, en colaboración con J. Flath. A. Orenga y H. Ueda, de este «Sakura. Diccionario de cultura japonesa», cuya aparición en librerías saludo con entusiasmo y agradecimiento.

«Sakura. Diccionario de cultura japonesa». Carlos Rubio, y otros
Ensayo. Satori, 2017. 332 páginas. 25 euros

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El MUSAC se pone verde

El último ciclo propuesto por el MUSAC comienza con la exposición de herman de vries (siempre en minúscula) bajo el comisariado de Kristine Guzmán. Como primera individual en España, y bajo el título
chance & change
, se presenta una retrospectiva que, con un cuidado montaje, cronológico y visualmente armónico, recoge trabajos que ayudan a comprender la evolución de su carrera en coherencia con su evolución personal. Uno de los padres del grupo vanguardista holandés Nul y del movimiento ZERO, de vries (Alkmaar, Países Bajos, 1931) buscaba nuevas relaciones entre arte y realidad, bajo el principio de que esta última supera cualquier tipo de manifestación artística, entendiendo que él mismo forma parte de un todo (de ahí lo de escribir con minúsculas su nombre), evitando cualquier protagonismo y minimizando la intervención humana en sus trabajos.

Se trata de una muestra de más de 50 años de trabajo que incluye desde las primeras obras informales a las producciones donde la Naturaleza se presenta como obra de arte en sí. Piezas de land art en las que de vries la ofrece como máxima expresión, influido por lecturas de corte espiritual oriental. De ahí el gran círculo de seis metros de diámetro realizado con lúpulo de Carrizo de la Ribera (León), que irá secándose a lo largo de los meses.

Otras obras de gran contundencia estética muestran estos principios de perfección del entorno natural referenciados por el artista, como los frotados de tierra sobre papel blanco, que generan armónicas paletas de color de grandísima belleza plástica. Una trayectoria extensa y compleja, coherentemente sintetizada para el espectador.

Perderse en la selva

Prosa del observatorio
, la muestra de Adriana Bustos (Bahía Blanca, Argentina, 1965), comisariada por Susana González, es el nexo entre las dos grandes citas en torno a la Naturaleza del centro. Un recorrido por tres series de trabajo de los diez últimos años; Antropología de la mula (2007-2011), ¿Quién dice qué a quién? (2016-2017) y El retorno de lo reprimido (2017), que permiten apreciar sus líneas de investigación. Abriendo con una especie de tuit analógico, nos introduce en sus temáticas recurrentes como los movimientos migratorios y económicos y la distorsión de la información y la Historia. Este segundo mapeo, más antropológico, ofrece una serie de paralelismos dictatoriales, humanos e históricos contados por medio de minuciosos dibujos y collages con un gran trasfondo documental. La aportación ecologista de Bustos viene dada por Paisajes del Alma, pieza que alude a un intento personal de sumergirse en la selva y sentirse totalmente expulsada por la grandeza de la misma. La muestra se pierde un poco dentro del contexto ecológico, a pesar de ser de una grandísima calidad estética y conceptual.

Cerrando, nos encontramos con
Hybris, una posible aproximación ecoestética
, colectiva que cuenta con 40 artistas que reflexionan en torno al potencial del arte como herramienta de acción y de subjetivación en relación a los problemas ecológicos actuales. Su comisaria, Blanca de la Torre, aporta un argumentado corpus teórico, pero lo enturbia con su sello comisarial: cierto riesgo que asume en sus montajes, que, aquí, aboca a un tremendo e injustificado caos. Con artistas y obras de gran potencia, algunas piezas pasan inadvertidas entre tanta magnificencia, a pesar de poseer un equilibrio entre estética y discurso de calidad.

Como aportación extra, el Laboratorio 987 nos introduce en
Tierra de diatomeas
, elementos microscópicos que contienen información del lugar que habitan y que todos transportamos de un sitio a otro, contaminando y nutriendo encrucijadas; un espacio entre arte y ciencia que ayuda a reconstruir memoria y que se presenta como la síntesis final perfecta para entender el ciclo propuesto por el centro leonés.

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Ana Riaño: «Los artistas actuamos como perfiles de redes sociales con patas»

Nombre completo: Ana Riaño. Lugar y fecha de nacimiento: Bilbao, 3 de julio de 1985. Residencia actual: Bilbao. Estudios: Licenciada en Bellas Artes. Ocupación actual: Artista.

Qué le interesa. Ahora mismo desarrollo una serie titulada «RRSS (Redes Sociales)», en la que reflexiono sobre el estatuto del artista, qué es ser un artista, hasta qué punto es una ficción construida hacia un público determinado.

«Escucho la palabra “colectivo” y me viene a la mente un montón de tipos pesados ponderando en alto, y me da mucha pereza»De alguna manera, siempre he pertenecido al mundo del arte. Mis padres son pintores, y, por ello, por haberlo visto en casa desde siempre, nunca me cuestioné la figura del artista. Para mí era algo normal dedicarte al arte, como para otros lo normal es ir a la oficina. Cuando comencé a estudiar Bellas Artes, sin embargo, resultó que aquella parecía la cuestión fundamental: ¿Qué es ser artista?, ¿cómo se llega a ser un artista? ¿Cuándo perteneces al mundo del arte? Yo quería ser pintora y me agotaban las continuas preguntas sobre el estatuto del arte. Creía que para ser artista bastaba con hacer arte, y resultó que no solo valía con hacer arte, sino que también había que decirlo continuamente. Curiosamente, esos son las dos cuestiones que confluyen ahora en mi obra: La pintura como género para comunicar y expresarse y la eterna pregunta sobre el constructo del artista.

De dónde viene. Este año he tenido exposiciones individuales en la Sala Rekalde de Bilbao, en la galería Aldama Fabre (también en la capital vasca) y en la galería Víctor Lope de Barcelona. Como exposición colectiva, entre todas en las que he participado, destacaría la comisariada por Luisa Espino en CentroCentro, en Madrid, titulada «24/7. Conectados», así como la del Premio BMW de Pintura, donde me concedieron el Premio Innovación.

Supo que se dedicaría al arte desde el mismo momento mismo en que… Mis padres, artistas los dos, me dijeron que me dedicara a otra cosa. ¡Ja, ja, ja! No. Es broma. En mi casa, el arte siempre ha estado presente. Lo mío es casi una cuestión gremial. Mis padres son pintores, uno de mis hermanos estudió Bellas Artes, otro escribe sobre arte… Lo difícil era no seguir esa línea. Los primeros años fueron decisivos para saber que me dedicaría al arte.

¿Qué es lo más extraño que ha tenido que hacer en el mundo del arte para «sobrevivir»? ¿Raro? Eso se lo dejo a los «performers». ¡Ja, ja, ja!… No. En serio: nada. Está la eterna pelea de quien te ofrece trabajar gratis (a cambio de visibilidad, dicen), los que te piden dinero por exponer… También me da mucha pereza esa parte social de inauguraciones y eventos que a veces parecen un concurso tipo «Granjero busca esposa» versión arte: «Artista busca exposición», y hay un montón de gente en modo-comercial. Pero nada fuera de lo habitual.

Su yo virtual. Me hice Facebook cuando estaba de Erasmus creyendo que servía para mandar fotos. Nunca me interesó mucho ese mundo hasta que un día me di cuenta de que los artistas actuamos como perfiles de redes sociales con patas; que, de alguna manera, la eterna cuestión sobre qué es ser un artista nos obliga a estar continuamente demostrando que lo somos. Como esa gente que muestra en redes sociales lo muy feliz que es. Entonces comencé a desarrollar la serie «RRSS», y ahí sí, me volqué. Pero más como «voyeur» que como participante en esa orgía de opiniones que son las redes sociales. Consulto todo lo que puedo, intentando encontrar elementos que sumar a mi investigación.

Otro «selfie» de Ana Riaño- A. R.

Dónde está cuando no hace arte. En ningún otro sitio. Tengo una idea del trabajo del artista mucho más clásica que lo que es común hoy. Yo necesito del estudio, convivir con la obra día a día… Y también leer, todo lo que puedo, no necesariamente relacionado con arte. Yo escucho la palabra «colectivo» y me viene a la mente un montón de tipos pesados ponderando en alto, y me da mucha pereza.

Le gustará si conoce a… Mis referentes vitales e inmediatos son mis padres. En lo relativo a la Historia del Arte, me gustan mucho pintores realistas que a veces no han sido tomados mucho en serio, como Norman Rockwell, por ejemplo. También me fascina el cómic, y esa idea de hacer confluir palabra escrita y dibujo, algo que también esta presente en mi trabajo.

«Creía que para ser artista bastaba con hacer arte, y resultó que no, que también había que estar diciéndolo continuamente»En cuanto a los artistas de mi generación, me interesa mucho el trabajo de Bego Antón, el de Gloria Martín, Julio Sarramián o Kepa Garraza, por citar unos cuantos. Y el de Patrik Grijalvo, claro, con quien comparto estudio y vida.

¿Qué se trae ahora mismo entre manos? Estoy centrada en la serie mentada, «Redes Sociales». Es una serie pictórica en la que investigo la confluencia de dos fenómenos diferentes: La construcción de la identidad en cuanto a artista y su confluencia con la nueva moda de las llamadas redes sociales. En este nuevo y tecnológico aspecto de nuestra identidad se producen en general algunos movimientos que son enormemente interesantes (apertura de tu intimidad a terceras y desconocidas personas; gestión de la propia imagen; naturalidad o artificialidad en las propias aseveraciones), que, cuando se cruzan con la imagen a proyectar de los diferentes agentes del mundo del arte, multiplica su interés. La pregunta que planteo es: ¿qué imagen proyectan los artistas, galeristas, directores de museo y críticos de arte en la virtualidad de las redes sociales?¿Y qué imagen podrían proyectar los artistas ya fallecidos y que no convivieron con las nuevas tecnologías?  

¿Cuál es su proyecto personal favorito hasta el momento? Dentro de este proyecto al que acabo de hacer alusión, destacaría el cuadro en el que recreo un muro de Facebook de Ingres. De alguna manera, en él confluyen las dos cosas que más me interesan de esa serie. Por un lado, es un gran formato y una pintura de gran dificultad. Pero, por otro, la idea de un «work in progress» en el caso de Ingres encaja perfectamente con lo que quería decir ahí.

¿Por qué tenemos que confiar ella? Porque tengo una obra que es buena, sincera, innovadora y que cuenta algo. Una obra que se entiende rápido, que no necesita de discursos artificiales, porque ella misma es su propio discurso. Es pretencioso, pero lo creo realmente.

¿A quién cedería el testigo de esta entrevista? A Patrik Grijalvo, que además de un gran artista –como mencioné antes– es mi pareja. Compartimos estudio, veo su obra en desarrollo cada día, y me parece una gran creador.

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